El hospital estaba en silencio esa tarde. Afuera, el viento movía las copas de los árboles con suavidad, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo en hablar más bajo, caminar más despacio, respirar con respeto.
María se acomodó en la cama, con ayuda de la enfermera. Tenía los labios secos, los ojos más hundidos, pero una sonrisa cálida pintaba su rostro cuando vio a su nieto entrar.
Alejandro caminaba con pasos cortos pero seguros. Llevaba una campera de algodón azul con estrellitas