Herencias que no se eligen
La tarde se fue tiñendo de naranja, y el cumpleaños de Alejandro siguió su curso con la inocencia intacta de sus seis años. Ya no había rastros del veneno que, durante diez minutos, había pretendido empañar la celebración. El jardín volvió a llenarse de risas, de juegos, de canciones infantiles que se repetían una y otra vez.
Alejandro, con la cara manchada de dulce de leche y los ojos brillantes de felicidad, se subió a una banqueta al lado de la torta. Todos apla