El sol se filtraba a través de las vidrieras de una vieja iglesia, proyectando un resplandor cálido y dorado sobre los bancos de madera y los invitados reunidos.
Clara estaba de pie ante el altar, con las manos entrelazadas suavemente frente a ella, su corazón latiendo de alegría. El delicado encaje de su vestido de novia brillaba bajo la luz, y el ramo de rosas blancas temblaba ligeramente en su mano, no por nervios, sino por pura felicidad.
Frente a ella, el amor de su vida la miraba con una