—No he traído condones... —respondí contrariado. Ni yo mismo daba crédito a lo que estaba diciendo.
—Yo sí, no te preocupes... —dijo antes de volver a darme otro beso.
Se levantó de la cama de un salto y fue a buscar su bolso. Yo no podía quedarme quieto y fui tras ella. La abracé por la espalda y besé su cuello mientras volvía a deleitarme pasando mis manos por sus espléndidas curvas. Una vez hubo encontrado los preservativos, se dio la vuelta y me besó de nuevo. Así, sin separarse de mi boca,