Jerome salió al pasillo; era un nuevo día. Pero el aire de la mañana no lograba calmarlo. Esas bellezas ciegas estaban por todas partes, con sus ojos sin vista y sus cuerpos suaves y vulnerables, haciendo que su verga pulsara de nuevo contra la cremallera. A veces se preguntaba si los otros profesores sentían esa picazón constante, esa hambre de reclamar a cada espécimen del edificio. No le importaba; él era el director y la escuela era su coto de caza. Se detuvo un momento, escuchando los ecos