NORA
Kaelen no vaciló. Se bajó los pantalones hasta los tobillos y se acercó a la mesa. Su verga era enorme: dura, gruesa y palpitante con vida propia. Me agarró los muslos y los empujó hacia mi pecho, haciendo que los estribos de la camilla tintinearan.
Lo sentí... ahhh, joder... mientras alineaba la pesada cabeza de su miembro contra mi entrada empapada y me partía el agujero de una sola embestida brutal y profunda.
—¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhh! —grité en el consultorio vacío. Mi cabeza golpeó la al