Sentirlo llenándola tan de repente fue como un rayo. Él empezó a moverse con una velocidad animal, primaria. Cada embestida hacía que el pesado cabecero golpeara contra la pared. *Pum. Pum. Pum.* El sonido de sus cuerpos chocando era húmedo y ruidoso, resonando en el silencio de la habitación.
—¡Ahhhhh, joder! —gemía Elena.
—¡Sí! ¡Así! ¡Rómpeme! —aullaba con los ojos en blanco—. ¡Ahhh, es tan grande! ¡Me estás dando en todo el centro! ¡No pares! ¡Por favor, no pares!
El hombre soltó un gruñ