La casa estaba demasiado silenciosa. Elena, sentada al borde de su lujoso sofá de terciopelo, consultó su reloj de oro por décima vez. Era casi medianoche. Su esposo, un abogado siempre ocupado, debía haber llegado hace horas. La lluvia azotaba los ventanales de la mansión, empañando las luces de la calle.
De repente, unos golpes pesados resonaron en el pasillo.
*Toc. Toc.*
Elena corrió a la puerta, pensando que era él. Sin mirar por la mirilla, abrió de par en par con una sonrisa en los lab