El letrero de neón de "The Precious Curtain" parpadeaba en el callejón mojado por la lluvia, arrojando un tenue resplandor naranja sobre la pesada puerta de acero.
Para Sloane, aquel no era un lugar de vergüenza; era su santuario. Le gustaba el anonimato. Le gustaba la ausencia de charlas triviales. Pero, sobre todo, le gustaba el misterio de lo que aguardaba al otro lado de la madera.
El preciado *glory hole*.
Entró en el pequeño y lúgubre vestíbulo. Una mujer estaba sentada tras un grueso