West se sentó a la mesa, con el corazón todavía latiendo como un tambor. La casa estaba inundada del olor a pollo asado y de las voces fuertes y alegres de los hombres. Marcus estaba sentado a un extremo de la mesa, sonriendo y abriendo una cerveza. Jax se sentó directamente frente a West; su enorme complexión hacía que la silla de madera pareciera un juguete.
—Gracias por la comida, West —dijo Marcus, apilando patatas en su plato—. Le dije a Jax que tenía que quedarse. Un hombre no puede beber