Primeros cinco días en prisión

La puerta metálica de mi celda chirrió al abrirse. Era temprano y la luz del pasillo era cruda y brillante. Me incorporé en el delgado colchón, con el cuerpo todavía muy dolorido por lo de ayer.

Un guardia estaba en el umbral. No era Miller. Su placa decía "Danny". Era alto, enorme, y tenía una sonrisa perezosa y cruel plantada en la cara mientras me examinaba.

—El desayuno es en diez minutos —dijo con voz pausada—. Cuando oigas esa campana, más vale que te muevas rápido. No querrás ser la ú
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