Entré a trompicones en mi celda, con las piernas como si fueran de gelatina. La vergüenza y el calor residual de las duchas me quemaban bajo la piel. Ya no me importaban las otras presas ni los guardias. Solo quería estar sola. Me desplomé en mi delgado colchón, con las manos temblorosas mientras me subía los pantalones.
Necesitaba esto. Necesitaba ahogar el recuerdo de Frank. Me recosté, con la cabeza dándome vueltas, y deslicé la mano entre mis piernas. Mi piel todavía estaba húmeda y sensi