La lluvia golpeaba el techo como un amante insistente, implacable e inflexible, reflejando el pulso entre mis muslos que aún no había desaparecido del todo desde que la boca de Riley me había destrozado antes. Yacíamos allí en las sábanas enredadas, sudorosas, pegajosas por los restos de crema batida y nuestros jugos mezclados; su cuerpo extendido sobre el mío como si le perteneciera. Y joder, tal vez sí le pertenecía. Su cabello oscuro se abanicaba sobre mi pecho, su aliento caliente contra mi