He mantenido mi cuerpo como un vaso sellado durante nueve años. Ningún toque salvo el mío propio durante los raros y vergonzosos momentos en que el sueño me rehuía y mi mano se deslizaba bajo el camisón antes de que la culpa la apartara de un tirón. Ningunos labios salvo el roce seco del cáliz en la Comunión. Ningún calor salvo la pequeña llama de las velas votivas que cuidaba en silencio.
Aquella noche el vaso se agrietó sin aviso.
Un sonido me sacó de mi celda: suave, deliberado, como yemas d