El día siguiente amaneció como cualquier otro en el convento: el tañido de la campana para Laudes sacándome de un sueño inquieto, la piedra fría bajo mis rodillas mientras nos reuníamos en los sitiales del coro, el murmullo de treinta voces recitando los Salmos al unísono.
Pero nada era igual. Mi cuerpo la recordaba: cada dolor entre mis muslos, cada leve moretón donde sus garras habían rozado mis caderas, el residuo pegajoso de su liberación que había frotado en la oscuridad previa al amanecer