La sacristía olía a incienso y pecado derramado: denso, embriagador, pegado al aire como un velo del que no podía deshacerme. Me apoyé contra el arcón de las vestiduras, las piernas aún temblando, su polla enterrada profundamente dentro de mí, palpitando con los últimos ecos de su liberación. Sus alas nos envolvieron, un sudario de cuero que bloqueaba la débil luz de la estrecha ventana, convirtiendo la habitación en nuestro infierno privado. O cielo. La línea se había difuminado tanto que ya n