El sudor resbalaba por su cuerpo, los pequeños cabellos rizados del pecho estaban empapados y su oscura barba olía a sexo. Ambos estaban desnudos en el almacén, pero hacía demasiado calor y mucho espacio que recorrer con la lengua, y el tejido les impedía el paso.
Tenían los labios encarnados de tanto morderlos al intentar sofocar los gritos de placer. El almacén era grande, pero los clientes no eran sordos.
— Tenemos que recoger la caja — Freire observó las latas de refresco tiradas por el suel