Se presentó en el instituto con un buen dolor de cabeza. Dos botellines de cerveza le dejaron el cuerpo hecho un despojo; antaño sus riñones se bañaban en alcohol y ni se inmutaban. Ahora, solo con el olor ya se ahogaban, y la culpa, le devolvía recuerdos que prefería olvidar.
No avisó de su visita, no había tiempo. Se acercó al despacho y llamó, no había nadie, no se imaginó que el director no se encontrara en las horas lectivas. Las clases habían comenzado, se escuchaba el eco de las voces de