Pasaron tres días desde que Enzo dejó de buscar miradas, palabras o respuestas. Tres días exactos en los que se limitó a cumplir órdenes, entregar reportes, y desaparecer sin dejar rastro emocional.
Ahora era el asistente perfecto. Preciso. Silencioso. Frío.
Alessandro lo notaba. Y lo odiaba.
Odiaba la manera en la que Enzo entraba a la habitación con la cabeza alta, sin voltear a verlo, sin preguntar nada más allá de lo necesario.
—Aquí están los informes de Milazzo, señor —dijo Enzo esa mañan