Cristian avanzó con pasos seguros sobre la arena cálida, sintiendo cómo cada grano se deslizaba entre sus pies descalzos, una sensación que, por primera vez en mucho tiempo, le resultaba tranquilizadora. En sus manos llevaba dos copas de vino, el líquido carmesí brillando bajo la luz del atardecer que pintaba el cielo con tonos naranjas y púrpuras. Cada paso lo acercaba al hombre que lo esperaba a pocos metros, sentado en una manta extendida sobre la arena.
Vittorio lo recibió con una sonrisa c