Miguel llevaba más de cuatro hora recorriendo las calles.
Había pasado por la clínica, por el departamento de Miriam, por el café donde a veces se reunían.
Nada.
El teléfono seguía apagado.
El pecho le ardía con una mezcla de culpa, miedo y desesperación.
—Miriam… —murmuró entre dientes.
Se detuvo en un semáforo que parecía eterno.
Sus manos apretaban el manubrio de la moto.
Intentaba pensar.
¿A dónde iría alguien cuando todo se rompía?
Entonces recordó algo.
Una conversación antigua que Miriam