Me quedé mirándolo, lágrimas corriendo por mis mejillas, el pasillo en silencio excepto por el suave goteo de lluvia de su chaqueta y el latido de mi propio corazón.
Él no se acercó más. Solo se quedó allí, manos a los costados, dejándome mirar. Dejándome decidir.
Me sequé la cara con la manga de su sudadera, la que todavía olía débilmente a él incluso después de todo este tiempo. Mi voz salió pequeña, quebrada.
—Te fuiste.
—Lo sé.
—Te fuiste con ella. Me dejaste a mí.
—Lo sé.
Di un paso hacia