El segundo en que mi cuerpo chocó contra el suyo, se rompió la presa.
Sus brazos se cerraron alrededor de mí como bandas de acero, arrastrándome pegada contra él.
Mi boca encontró la suya, desesperada, desordenada, dientes chocando, lenguas deslizándose, saboreando sal y chocolate y semanas de extrañarlo.
Gemí en el beso, moliéndome con fuerza, ya empapada a través de mis bragas y los finos shorts de algodón.
Él gruñó contra mis labios, manos deslizándose bajo la sudadera, palmas ásperas contra