No soltó mi mano.
El señor Harlan me guió a través de la multitud, zigzagueando entre cuerpos demasiado juntos, pasando la barra donde las chicas reían demasiado alto, pasando el escenario donde Derek seguía moviéndose por propinas.
Su agarre era firme, cálido, constante, como si se asegurara de que no desapareciera en el caos.
Podía sentir la tensión en sus dedos, la forma en que el pulgar rozó mis nudillos una vez, casi por accidente. O tal vez no.
No fuimos hacia la salida principal. En su l