—Para, cariño… llámame Elias —susurró; los labios rozaron el contorno de mi oreja; la voz ronca de necesidad.
Forcejeé a ciegas con el pestillo con la mano izquierda, desesperada por algún tipo de escape, alguna forma de fingir que esto no estaba pasando.
Pero él atrapó mi muñeca a mitad de camino, clavándola con fuerza contra la puerta por encima de mi cabeza. Su cuerpo se presionó más cerca; el calor irradiaba a través de su camisa sobre mi espalda.
—Tú me has puesto así de cachondo —gruñó— y