Lara
Esto no me puede estar pasando…
No sé cuántos minutos lleva Killiam detrás de mí y yo aquí, de rodillas, sin moverme, pero ya siento calambres en las piernas.
Me imagino que le divierte verme atrapada y sin saber qué hacer. Que le da satisfacción, que se siente victorioso porque no tengo escapatoria.
—¿Seguirás negándolo? —rompe el silencio. Su tono de voz es divertido, sarcástico y muy seguro.
A veces siento que lo odio.
Me levanto, derrotada, pues ya no vale la pena seguir fingiendo. Además, estoy cansada de este juego.
Suelto un largo suspiro, pero no me atrevo a girarme y enfrentarlo.
—¿Cómo burlaste la seguridad? —le pregunto, puesto que es lo único que se me ocurre.
—¿No me conoces? Me he escabullido en lugares más peligrosos, lo sabes —responde airoso.
Presumido.
—Regresa a tu habitación, Killiam, evitemos problemas innecesarios —le ruego.
De repente, él me jala por el brazo y me obliga a encararlo. Sus ojos arden en ira y sus dientes rechinan por la tensión.
¿Qué le pasa