Lara
Mientras la brisa nocturna me eriza los vellos, mis ojos se clavan en el negro del firmamento. La luna está a la mitad, débil, opacada por las nubes. Casi no hay estrellas. Más bien es como si la negrura del cielo estuviera ensuciada con el gris de las nubes, lo que augura lluvia.
Miro a mi alrededor y adelanto el paso. Solo llevo mi peluca, el manto y una bata larga, pero mis ojos siguen del mismo color y mantengo mi voz.
He salido de mi habitación porque necesito aire fresco. Sé que es peligroso y que puede arruinarlo todo, pero no soportaba un minuto más en esas cuatro paredes. Necesitaba ver el cielo, la naturaleza, sentirme libre, fuera de toda esta locura; por eso camino en dirección al bosque.
El olor a salvia me reconforta, los cantos de los grillos y de las aves nocturnas son la música que me relaja; asimismo, sentirme rodeada por plantas y animalitos me hace sentir parte de algo real, no del teatro que llevamos a cabo en esta manada falsa.
Trato de no alejarme mucho, pu