Él añadió un segundo dedo, estirándola, curvándolos justo como debía, lo justo para hacerla retorcerse tan jodidamente bien, pero dolía que no pudiera hacerlo en voz alta.
“Mírate”, susurró él, con la voz puro pecado. “Tomando mis dedos como una buena chica mientras Mamá y Papá están sentados lejos de nosotros”.
“Joder”. Maldijo ella por la forma en que sus palabras la afectaban más de lo que quería y por lo constante con que sus dedos embestían dentro de su punto dulce.
“Te gusta ser mala, ¿ve