El aire de la mañana en aquel remoto pueblo era mucho más fresco que las nubes de humo de los escapes que solían oprimir el pecho de Elyn en la capital.
La joven permanecía de pie en el porche de la casa que había alquilado, dejando que sus dedos rozaran la áspera superficie de las paredes de bambú. En su mano derecha sostenía un teléfono inteligente nuevo, fruto del último sacrificio de los ahorros que había reunido con tanto esfuerzo.
—Un teléfono, una tarjeta SIM nueva y una identidad nueva