Después de que los accionistas y el abogado abandonaran la mansión, un silencio sofocante volvió a apoderarse del salón principal.
Victoria se giró con el rostro lleno de ira. Sus afilados ojos se clavaron primero en Dave, que seguía inmóvil en la silla de ruedas como una estatua, y luego en Elyn, quien permanecía de pie con la cabeza inclinada.
—¡Elyn! —gritó Victoria con una voz aguda y autoritaria—. ¡Lleva a este muerto viviente de vuelta a su habitación en el piso de arriba! ¡Estoy harta de