Elyn contuvo la respiración bajo el repugnante encierro de Diego. Cuando las manos descaradas del joven comenzaron a forcejear torpemente con los botones de su camisa, una poderosa descarga de adrenalina despertó en su interior. El miedo desapareció, sustituido por una ira absoluta.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Elyn levantó la pierna derecha y clavó el talón con todas sus fuerzas sobre el empeine de Diego.
—¡Aaagh! ¡Maldita sea! —gritó él con rabia.
Su agarre se aflojó al instante cua