La noche seguía extendiéndose sobre el cielo de Nueva York, envolviendo el despacho privado de Dave Moreno en una penumbra fría y opresiva. El resplandor de los rascacielos de Manhattan, filtrándose a través de los inmensos ventanales de cristal, era incapaz de disipar la atmósfera tensa y sofocante que envolvía al imponente director ejecutivo.
Dave permanecía sentado con la espalda recta en su gran sillón. Se había quitado el impecable saco negro, dejando únicamente la camisa blanca, cuyas man