El sonido seco de los tacones altos de la Gran Señora Moreno resonaba con fuerza sobre el suelo de mármol del vestíbulo de la residencia principal del clan Moreno. Aquella mañana, el rostro de la mujer, cubierto por un maquillaje impecable, ya no reflejaba la serenidad altiva propia de una socialité de Manhattan, sino una expresión madura de ira y una frialdad calculadora digna de una estratega implacable.
Frente a ella, un hombre de mediana edad vestido con un traje oscuro, jefe de la autorida