Los pasos de Lyn Aiko resonaban con rigidez mientras recorría la explanada de hormigón que bordeaba las orillas del río Sena. Aquella tarde, París ofrecía un paisaje de una belleza sobrecogedora: la superficie del río centelleaba bajo la cálida luz del sol de comienzos de otoño, mientras la Torre Eiffel se alzaba majestuosa al fondo. Michael caminaba a su lado derecho; de vez en cuando le dedicaba una sonrisa cálida y señalaba algunos edificios históricos con gestos tranquilos.
Había insistido