—¡Ah! —exclamo con asombro.
—¿Y ahora, Srta Cervantes, está dispuesta a casarse con alguien como yo? —pregunta en tono irónico.
—No sé que ganas con esto Emilio —espeta el Sr Ferrer, mientras yo desvío la mirada para no ver las cicatrices de las quemaduras en su rostro.
—¿Qué gano? Nada, pero es bueno que la Srta Cervantes esté al tanto de quién es el hombre con quien deberá estar durante un año.
—Y-yo, yo —tartamudeo.
—¿Acepta entonces casarse con este monstruo, eh?
No puedo explicar