—¡Porque ya hice una promesa contigo! —gritó Sofía, respirando con dificultad—. ¡Yo no soy una traidora, Mateo! Firmamos esos papeles, ¡somos marido y mujer ante la ley, ante nuestra familia y ante el banco!
—¿Solo por ese papel? ¿Solo por esta maldita casa? —Diego la miró decepcionado. Su voz se suavizó, lo cual dolió mucho más.
—¡No es solo por eso!
—¿Entonces por qué? —Diego dio un paso, quedando a centímetros de ella. Sus ojos castaños brillaban con una desesperación profunda—. Dímelo, Sofí