El día comenzaba, apenas estaba amaneciendo. El sonido de un cerrojo y luego la luz entrando a una habitación se hicieron presentes. Por la puerta entro primero el azabache dueño de aquella mansión y seguido de él, dos personas, la rubia y el pequeño pelirrojo quien aun no entendía nada de lo que allí sucedía.
Al prenderse la luz, los ojos negros del pequeño se agrandaron de la impresión. Aquella habitación tenía paredes de un color celeste muy suave, dibujos de nubes y autitos pintados en aqu