32. Velada maravillosa
Su aliento acarició su espina dorsal cuando él apartó su melena rojiza y la miró desde su posición, todavía desnudo y apoyando el peso de su cuerpo sobre un codo.
— Tengo hambre y tú no cenaste nada hoy, pensé que podría preparar algo para los dos. ¿Qué te parece?
— Me… me parece bien — lo dijo sin complicarse, sin pensar, y es que así era ella cuando estaba con él, no pensaba con suficiente claridad.
El brasileño sonrió orgulloso y se incorporó. Besó su hombre desnudo como mero gesto fugaz y s