31. Quédate
Una suave melodía la recibió al entrar; también olía a esencia de mandarina. Se quitó la chaqueta que llevaba puesta esa noche y la colgó en la entrada, ingresó nerviosa, más de lo que acostumbraba. Tenía el leve presentimiento de que esa sensación nunca desaparecía, no cuando saber que lo vería seguía provocando ese aleteo de mariposas en su interior.
Sentado fuera, en una pequeña terraza que daba con el exterior, la escuchó entrar. Ya había visto la camioneta de Leandro acercarse a lo lejos,