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La oficina olía a pintura fresca y promesas incumplidas. Michaela firmó el contrato de arrendamiento con manos que temblaban tanto que su firma parecía la de una persona al borde de un ataque de nervios. Lo cual, honestamente, no estaba lejos de la realidad.

—¿Segura de esto? —preguntó el agente inmobiliario, un hombre con traje barato que probablemente pensaba que estaba siendo amable.

—Completamente. —Mintió, tomando las llaves.

El espacio era ridículamente pequeño comparado con las oficinas d
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