—¡Tony, por favor, ya vístete! —esta vez alcé la voz.
Siete veces repitiendo lo mismo.
—No quiero.
Alice ya estaba lista, esperando en la puerta con su peluche en los brazos, asomándose viendo el caos de su hermano.
—Bien, si no quieres, está bien, pero entonces te quedaras en casa de la abuela con las otras tías.
Tony, que estaba saltando en la cama con los pantalones del overol medios puestos, se detuvo observándome con espanto.
—¿La tía Ana y María? —lo vi estremecer al pronunciar sus nombre