C91. Se fue.
Sebastián Ferrari
El metal del pomo me congeló la palma de la mano. La puerta no tenía la llave puesta. Empujé la madera pesada despacio, esperando que el chirrido de las bisagras no rompiera el silencio sepulcral que dominaba la planta alta. La luz azulada del televisor seguía encendida, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de mármol y las sábanas blancas.
—¿Mamá? —susurré. Mi propia voz me sonó extraña, pequeña, asustada.
Nadie respondió. Di dos pasos hacia el interior de la alc