Sí, es hora.
Era una noche fría en Roma, y las luces de la ciudad iluminaban las calles con un brillo amarillento mientras caminaba hacia el edificio donde Don Antonio me esperaba. La maleta que llevaba parecía pesar una tonelada, no tanto por su contenido, sino por la importancia de lo que contenía. Mis manos estaban frías, y mi corazón latía aceleradamente, pero mi expresión permanecía imperturbable. Había aprendido a ocultar mis emociones desde muy temprano.
Al entrar en el edificio, el portero me dio un