Leah llegó a sentir por su esposo un afecto análogo en cierto modo al que hubiera
podido inspirar al Emperador romano su caballo senador. Otro dogma de la
familia, pero éste secreto, era que «_la niña_ había _labrado_ su desgracia
uniéndose a aquel hombre». El primo Sebastián confesaba entre suspiros
que el único acto de su vida de que estaba arrepentido (y era hombre que
se había jugado la hijuela materna a una carta), se remontaba a la época
de su pasión loca por Emma, pasión que le había hec