En el café de la Oliva se dispuso cierta noche una cena para doce
personas, en el comedor de arriba; un cuarto oscuro que a los calaveras
del pueblo y al amo del establecimiento les parecía muy reservado, y muy
misterioso, y muy a propósito para orgías, como decían ellos.
El camarero de la guitarra y otros dos colegas se esmeraban en el
servicio de la mesa, porque eran los de la ópera los que venían a cenar;
y... ¡colmo de la expectación!, se aguardaba también a las cómicas;
vendrían la tiple,