Había pasado una hora después de que Beta Leo le confesara su aventura a al rey Ares, pero su corazón no había dejado de acelerarse. Había regresado a su oficina a esperar su veredicto.
Había caminado de un lado a otro, tomado tragos de vino con atonico, murmurado oraciones en su corazón a la diosa de la luna para tocar el corazón del rey y no obligarlo a tomar una decisión drástica.
Cuando sonó un golpe en su puerta, suspiró por enésima vez ese día y le indicó a quien fuera que entrara. Cuando