El mismísimo diablo

Helena abrió los ojos de golpe, pero la luz que se asomaba a través de las cortinas de la ventana que venian del balcón casi la cegó, así que tuvo que cerrar sus ojos nuevamente y girar la cara hacia el otro lado.

Cuando volvió a abrir los ojos, fueron recibidos con la vista del hermoso rostro dormido del rey Ares.

Ella sonrió inconscientemente.

Parecía tan pacífico mientras dormía. Tan inocente, uno pensaría que no era capaz de hacer nada malo, pero era el mismísimo diablo.

Helena se recostó d
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