Su corazón se acelera en su pecho mientras guía a Soraya a su habitación, que está a solo dos puertas de su oficina, por lo que no tardan mucho. Entran a escondidas y miran a su alrededor para ver si hay alguien observándolos.
—No hay nadie —murmura Soraya—. Ya casi es hora de apagar las luces, así que todos los sirvientes están en sus habitaciones.
—Será mejor que no corras riesgos —contesta—. No quiero que nadie lo sepa todavía.
—Yo también —coincide.
Tan pronto como cierra la puerta detrás d