MAX.
El humo del cigarro de Igor llena mi despacho en la agencia de publicidad. Yo reviso los informes financieros de las campañas internacionales con mi mano derecha, ignorando el dolor punzante en las costillas. Mi brazo izquierdo enyesado pesa, pero las cuentas congeladas y los clientes que intentó robarme Maksim me pesan más.
Igor le da un trago a su vaso de whisky, me mira fijamente y suelta el vaso sobre el escritorio de caoba.
—Deberías invitarla a cenar —me dice, directo.
—No tengo tiem