(Mariana)
La vuelta en el coche fue un silencio denso, solo roto por el ronquido suave de Laura, que se quedó frita casi en cuanto el coche arrancó. Rodrigo conducía con los nudillos blancos en el volante y la mandíbula apretada todo el camino.
La tensión entre nosotros era casi física, un muro invisible que ocupaba todo el asiento de atrás.
Había despachado al chófer, que se tuvo que pedir un Uber para irse.
Aparcó en el garaje y, sin decir ni mu, salió y me abrió la puerta. Ni me miró.
Solo s